lunes, 24 de diciembre de 2018

EL PASO DE LA PAZ.


En el centro Bobby Deglané, a la izquierda el laureado capitán falangista Palacios, combatiente de la Guerra Civil y en Rusia, héroe en el cautiverio; a la derecha el legendario Melchor Rodríguez, anarquista, Director de Seguridad por CNT en el Madrid republicano, quien durante la guerra salvó muchas vidas inocentes, arriesgando la suya propia.

He aquí una fotografía histórica donde las haya; tomada en uno de los programas que presentaba Bobby Deglané, quien aparece en el medio de los dos protagonistas. Fotografía plena de verdad, humanidad y grandeza; ejemplo por sí sola para todas las generaciones de españoles. He aquí a dos hombres, y más aún, a dos españoles de una grandeza como sólo los españoles, cuando están animados de verdadera españolidad, son capaces. He aquí a dos hombres buenos, honrados, decentes y de paz.
Y lo fueron, porque supieron serlo en las más difíciles circunstancias en que se puede encontrar un ser humano, en la guerra, que es cuando afloran al exterior las grandezas y las miserias humanas en niveles extraordinarios.
Los dos de origen humilde y hechos a sí mismos.
El de la izquierda es el capitán –en la foto ya coronel– Teodoro Palacios Cueto, falangista, soldado voluntario, alférez provisional, capitán, divisionario, prisionero durante doce años en la URSS, laureado y General.
El de la derecha es Melchor Rodríguez García, anarquista, director de prisiones, salvador de muchos del vil asesinato al que se les conducía, condenado y amnistiado, representante de seguros, más conocido como “El Ángel Rojo”.
Los dos en un momento formaron bajo banderas contrarias durante nuestra contienda 1936-39, pero ambos poseedores de esa casta que trasciende cualquier ideología, la que consigue armonizar el sístole y la diástole del corazón humano en un único movimiento vital, que impulsa a mantener la cordura en tiempos de extrema barbarie.
Melchor Rodríguez se dedicó a salvar vidas, aún a riesgo de perder la propia, durante la guerra en el bando rojo cuando fue nombrado director de prisiones, logrando detener las terribles sacas de presos de las cárceles de Madrid, la mayoría de los cuales terminaban en Paracuellos del Jarama.
Teodoro Palacios no sólo dio razón de su hidalguía, valor y humanidad durante la guerra, que comenzó de simple soldado voluntario y acabó de capitán, sino también después de ella cuando voluntario de la División Azul participó en la batalla de Krasny Bor, posiblemente la más cruenta de todas, siendo hecho prisionero, permaneciendo cautivo durante doce largos años, tiempo durante el cual asumió con una entereza, presencia de ánimo, dignidad y reciedumbre su cruelísimo destino en los campos de concentración soviéticos, más bien de exterminio, sin dar un paso ni atrás ni en falso, siendo en todo momento jefe y ejemplo para los demás prisioneros, no sólo españoles. Asimismo, no se conformó con mantenerse a la defensiva, sino que pasó a la ofensiva convirtiéndose en un verdadero quebradero de cabeza para los responsables del Gulag. Su pertinaz lucha por lograr un trato humano no excluyó, sino todo lo contrario, a los rojos españoles que también dieron con sus huesos en aquellos campos.
En las aulas españolas se tendría que impartir una asignatura que tuviera por centro ambas trayectorias humanas y españolas para ejemplo de todos, máxime a la vista de la decadencia, corrupción y estupidez en que ha caído España en las últimas décadas de “democracia y libertad”. He aquí la imagen de la verdadera reconciliación que se fraguó a base de generosidad y buena voluntad ya durante la etapa de Gobierno del Caudillo. He aquí lo que se hizo y lo que hoy han destruido los de siempre.
Fotografía testimonio incuestionable de que la verdadera hermandad entre todos los españoles –de buena fe, crianza, honradez y orgullo, no entre los descastados–, es posible y, más aún, se hizo durante la legalidad y legitimidad anterior, y por contra se ha destrozado premeditadamente durante el régimen actual.
Los héroes nos ayudan a construirnos como pueblo, como “unidad de destino en lo universal”, sólo cuando reconocemos que ellos son tan humanos como nosotros, sólo que llegado el momento sublime fueron capaces de elevarse por encima de la mediocridad, lo mismo que podemos hacer nosotros si nos dejamos animar por los principios y valores de ellos.
Francisco Bendala Ayuso (Teniente Coronel)
Fuente: https://www.hispanidadcatolica.com/2018/12/recuerdo-de-dos-heroes-para-esta-navidad-por-francisco-bendala/

TRISTÁN GARCÍA (Álvaro Cunqueiro)


El 23 de diciembre es el aniversario del nacimiento en 1911 de Álvaro Cunqueiro, uno de los escritores más deliciosos de toda la literatura española. Hoy silenciado por su militancia falangista. Y este cuento suyo, prodigioso. Se publicó originalmente en gallego, y luego fue traducido por el propio autor. 


(Álvaro Cunqueiro, tercero por la izquierda. Gonzalo Torrente Ballester es el primero por la derecho, junto a él está Josep Plá)


TRISTÁN GARCÍA

Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento del bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia.

Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quiosco compró La verdadera historia de Tristan e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quién era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba a una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural.

A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38, les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.

Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.

– ¿Tú eres el que andaba buscando a una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.

– ¿Joven o vieja? – Preguntó Tristán emocionado.

– ¡No lo sé! ¡Es churrera! – Le contestó el sargento.

Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella.

Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de Isolda.  Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza.

Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.

– ¡Buenos días! ¿Es usted la señora Isolda?

– ¡Servidora! – respondió la amable viejecita sonriendo -. ¿Cuántos le pongo?

– ¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!

La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

– ¡Tristán! ¡Tristán querido! –  pudo decir al fin -. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!

Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada.

Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

jueves, 13 de diciembre de 2018

LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA (José María García de Tuñón en ¨Desde la Puerta de El Sol¨ 11/12/2018).

El pasado jueves se celebró en España el 40 aniversario de la Constitución Española, aprobada por las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978, ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978 y sancionada por el rey Juan Carlos ante las cortes el 27 de diciembre del mismo año. Este 40 aniversario fue presidido por el rey Felipe VI y su familia en la que no faltaron sus padres. «Nuestra democracia es firme y consolidada, no tiene marcha atrás», dijo el rey. La nota discordante, como siempre, la dieron los parlamentarios de Unidos Podemos que exhibieron símbolos republicanos. No asistieron los parlamentarios de Compromís, ERC, PDeCAT y PNV, pero los medios no los persiguen, informativamente hablando, como persiguen, por ejemplo, a VOX.
Al día siguiente, los medios españoles se hicieron eco de este aniversario, destacando, por encima de todo, el papel que había jugado el actual rey emérito Juan Carlos I en los días siguientes de la muerte de Franco. Sin embargo, muy pocos medios se han acordado de referirse a aquellos hombres, procedentes del franquismo, que vistieron la camisa azul, y que hicieron posible la Transición.



Varios historiadores, dicen que quien jugó un papel importante en aquellos años fue el asturiano Torcuato Fernández-Miranda, instrumento legal que permitió desmontar el régimen franquista legalmente con la aprobación de las propias Cortes, nombradas antes por el propio Franco. Había sido ministro secretario general del Movimiento (octubre 1969-enero 1974) y su discurso de despedida lo finalizó con un ¡Arriba España! Después sería quien articuló la inteligente maniobra de la Ley a la Ley, con el fin de satisfacer al rey. Primero tuvo que conseguir que Adolfo Suárez entrara en la terna, del futuro presidente que sería del Gobierno de España, como así le había pedido Juan Carlos I. Por eso aquella frase, que pasará a los anales de la historia cuando Fernández-Miranda, dijo: «Estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que me ha pedido». Es decir, que en la terna fuera el nombre de Adolfo Suárez que también había sido ministro general del Movimiento. Dos camisas azules como ilustran este artículo y que nadie se atreverá, ahora, a llamarles «fascistas». 
El 17 de julio de 1976 el rey Juan Carlos I encargó a Suárez la formación del segundo gobierno de su reinado y el consiguiente desmontaje de las estructuras franquistas que consiguió con la ayuda de falangistas «conversos» como él, y también de liberales, democristianos, con la complicidad de fuerzas antifranquistas. El 15 de junio de 1977, se celebran elecciones generales que gana Adolfo Suárez con aquel partido que él fundó, llamado Unión de Centro Democrático y que no tardaría mucho tiempo en desaparecer porque partió de una base totalmente incongruente. 


(Torcuato Fernández Miranda. Foto: ABC)


Todavía un tercero, que nunca ha vestido la camisa azul, aunque hay varios testigos que al parecer aseguran haberle oído que a su muerte le gustaría le amortajaran con la camisa azul de Falange. Pero desconozco en este momento si sus familiares cumplieron su deseo. Me refiero a Miguel Primo de Rivera Urquijo, presidente de honor de la Fundación José Antonio Primo de Rivera, recientemente fallecido. Muchos periódicos han reconocido el papel importante que jugó en aquellos años. El diario El País, por ejemplo, en su página 43 le dedica un largo artículo que titula; «El Primo de Rivera que impulsó la democracia». El artículo está firmado por el biógrafo de José Antonio Primo de Rivera, Julio Gil Pecharromán quien comienza diciendo: «Con el fallecimiento de Miguel Primo de Rivera Urquijo (San Sebastián, 1934 – Madrid 2018) desaparece una figura clave en el impulso inicial de la transición a la democracia en nuestro país...». 


(Miguel Primo de Rivera y Urquijo)


No me toca juzgar ahora si aquellos que vistieron la camisa azul y se sintieron, en algún momento, falangistas y joseantonianos, han jugado un papel de acuerdo y consonancia con sus principios y convicciones. El tiempo y la historia dirán si han hecho bien, o todo lo contrario.

martes, 20 de noviembre de 2018

LAS RAZONES DE UNA PRESENCIA (Manuel Parra en Desde la Puerta del Sol)

Muchos se preguntan qué tendrá la figura de José Antonio Primo de Rivera para que, a los ochenta y dos años de su muerte, siga atrayendo la atención de los historiadores, de los novelistas, de los pensadores y, aun, la de los políticos, aunque sea para vituperar su recuerdo; sea como sea, existe una gran diferencia entre este interés por mantenerlo presente con el de otras personajes históricos de su momento, cuyas referencias son anecdóticas.



Hay respuestas para todos los gustos, y, como no me es dado interpretarlos, voy a dar mis razones personales y que espero, en poca o mucha medida, sean transferibles a algunos lectores. La primera es que ha adquirido la condición de clásico, y, como dijo Juan Ramón Jiménez, clásico, es decir, actual, es decir, moderno. Eso no quiere decir que, como a todos los clásicos, haya que traerlo a nuestros días, al modo como el maestro Azorín ejerce sobre los autores literarios.
Sin desmerecer los motivos de otros, muchos de los cuales comparto, me centraré en otras dos razones particulares: la primera la centro en la autenticidad, rasgo tan difícil de emular en estos aparatosos y esperpénticos momentos de la política, y la segunda en su significación metapolítica. Y todavía añadiré una tercera, más difícil de explicar, y que consiste en que la lectura de sus textos me provoca una facultad de adivinación. Vayamos por partes.
José Antonio fue un hombre consecuente, tanto en su comportamiento y actitudes como en la elaboración de sus planteamientos políticos. Sus tanteos, sus dudas, su ironía, son propias de una labor inte-lectual de búsqueda; esto hace que su pensamiento vaya tanto evolucionando como agregando, en feliz expresión de Francisco Torres García. Un pensador nunca da por finiquitadas y completadas sus teorías, pues cada día adquiere nuevos elementos que rectifiquen lo anterior, lo confirmen, lo refuten o, sencillamente, se sumen a intuiciones pretéritas; de ahí la cierta distancia con alguno de sus seguidores, que daban por definitivo lo que acaso no lo era. Si observamos al José Antonio desde los primeros años 30, el de la defensa paterna en el seno de la UMN, luego, al de la admiración por los logros de Mussolini, también al de la radicalización en lo social por influjo jonsista, hasta el de las conclusiones a las que llega en los últimos meses antes de su fusilamiento, podemos constatar que, sin desdecirse ni alterar sus ideas sobre lo esencial, madura consecuentemente. Es, pues, consecuente en lo intelectual, como también lo será ante la terrible circunstancia de una muerte anunciada en un joven de 33 años que tenía toda una prometedora vida por delante. La lectura de su testamento sigue siendo una muestra de elegancia ante la vida y ante la muerte.
En segundo lugar, cada día estoy más convencido de que existe una interpretación española del hombre y de la vida, que se ha ido pasmando y actualizando a lo largo de la historia por la acción de las minorías que han calado en la entraña de una parte sustantiva de la sociedad; esa actualización constante –con sus correspondientes retrocesos, revisiones y altibajos–, fue efectuada por los maestros más preclaros en cada circunstancia de España; cuando llegamos a la tercera generación del siglo XX, corresponde precisamente a José Antonio ejercer ese papel: convertir en acto todo un planteamiento potencial de la esenia de España y convertirla en doctrina política.
Y ahora llegamos a mi tercera razón, que no depende tanto de su figura, que quedó en el pasado, como de su influjo en los españoles de hoy; aquella tarea que llevó a cabo en tiempos más convulsos que los nuestros debe despertar en nosotros una tremenda dosis de adivinación: qué hubiera dicho de hallarse en nuestra circunstancia y no en la suya.
Evidentemente, es muy difícil el reto, y en él caben las posibles equivocaciones y las mayores discrepancias. Lo que de ningún modo es válido es aventurar sobre lo que pudo haber sido y no fue, porque la historia siempre se escribe de una sola manera y no admite viajes al pasado, al modo de la ciencia-ficción.
Partiendo del fundamento de lo esencial de su pensamiento sobre el sentido espiritual y trascendente de la vida, sobre el hombre como persona, sobre la patria como medio para lograr la armonía entre el ser humano y su entorno, sobre la irrevocable empresa de unidad de las patrias con el pleno reconocimiento de la variedad, sobre la valoración del trabajo como aportación humana y del capital y la técnica como aportaciones instrumentales, sobre la necesidad de autentificar la participación del ciudadano en su res pública…, se nos abre todo un mundo de posibilidades que debemos inventar para el mundo de hoy.
No se trata, pues, de rebuscar en sus textos recetas más o menos acomodables, y ahí estriba la dificultad, sino de estilo a la hora de emplearse a la tarea, pues lo que permanece es precisamente esa manera de ser joseantoniana, que se manifiesta en algunos de nosotros, de manera consciente o inconsciente en cada hecho y en cada palabra.
Un estilo o modo de ser que no admite normas escritas o dictadas, sino una Norma moral que –digámoslo poéticamente– viene quizás marcada por esa línea más corta entre dos puntos que es la que pasa por las estrellas.

lunes, 29 de octubre de 2018

LA LUZ (Rafael García Serrano, octubre de 1984)


Al escribir de carrerilla, casi mirando al calendario, la fecha de hoy, me he dado cuenta del día en que vivimos, al menos del día en que vivimos/morimos unos cuantos. En esta jornada municipal y torva, con un Madrid donde hay reservas para travestis como en los Estados Unidos para indios sioux. A estos y otras tribus, el Gran Jefe Blanco, en paz o en guerra, los cambiaba de praderas y tierras de caza, como quien se cambia de pensión, pero siempre tirando a peor. Aquí, no sé si en paz o en trifulca, el Gran Viejo Profesor –Gran Padre Blanco de los madriles- los traslada también a otras praderas de caza, de María de Molina a Vitrubio. Y de repente es como si me encontrase en el extranjero, a mil leguas del Madrid que yo conocí, incluso en tiempos malos, y me parece imposible que se diese tal día como hoy en este Madrid que es una pulpa sucia y apestosa, y en una mañana tan clara como la de hogaño, la consigna para toda una generación de españoles.



Muchas veces he contado que yo participé del discurso de José Antonio de una manera casual, auditiva, y a rachas, a través de la radio de un barecito de la Corredera Alta, con un grupo de estudiantes del Norte, navarros en su mayoría, que allí tomábamos el aperitivo. Bien, la anécdota es lo de menos, el caso es que por unas y otras cosas aquellas palabras han marcado mi vida y la de todos mis camaradas; los de mi promoción y mi contorno, los más queridos, ya en el otro mundo, por razones de sacrificio, de ley natural y de asco. Y uno piensa cuántos otoños, inviernos, primaveras y veranos han transcurrido desde entonces y cuántas ilusiones, cuántos esfuerzos, cuánta sangre, cuánto heroísmo, cuánto miedo dominado, cuánta luz ha transcurrido desde entonces y cuántos caminos abiertos se han cerrado, por el momento, al parecer, definitivamente. En el mundo todo da vueltas y en España más.


(García Valdecasas, Ruiz de Alda y José Antonio)


 Sólo cerca del final acierta uno a ver en qué instante se decidió su vida de manera indomeñable, salvo falta de decoro. Para mí fue aquel lejano 29 de octubre de 1933, como para otros muchos, al correr del tiempo, hasta llegar a los emocionantes jóvenes y adolescentes de hoy, que han recogido el relevo sin temblarles el pulso, con la exactitud de un buen atleta, y que conocen la doctrina y hasta la manera de ser que se anunció aquel día, cincuenta y un años hace, mejor que nosotros los viejos, porque nosotros todo aquello lo vimos nacer y crecer junto a las aulas, los campos de España, los talleres y las fábricas, primero en el corazón de manera abrumadora y luego más intelectualmente. Pero estos jóvenes que a veces aparecen por mi casa ha elegido la doctrina falangista, la doctrina joseantoniana –y en ella resumo todas las aportaciones originales de otros compatriotas- de un modo intelectual, preferentemente, aunque luego les ha desbordado el corazón, eligiendo entre otras muchas y cómodas ofertas y en instantes, ya largos, ya demasiado largos, de abatimiento nacional, cuando España agoniza.



Si repaso mi vida, como quien hace examen de conciencia, veo que todo su acontecer transcurre como un río brotado de aquel lejano nacedero, en razón de aquel domingo, de aquellas palabras y de las que sucesivamente fue predicando José Antonio por España, durante tres años, hasta su muerte, que aún duele y angustia como si fuese hoy. Las riberas de este río han visto mucha historia, rebeliones, guerras, Itálicas destruidas fulminantemente e Itálicas renacientes, ordenadas, florecidas al sol, y esto sólo con una pequeña brisa procedente de aquel nacedero, no con el viento varón que pudo haber engendrado o que no se aprovechó del todo para mover los molinos de la Patria, no sólo los del bienestar, sino aquellos que engendran los bienes del espíritu, de la fortaleza del país que fue llamado a cumplir una misión tal día como hoy.

 Ya vivo en pleno invierno, en esa soledad reflexiva y tierna que da el vestíbulo de la vejez. Y si hay algo de lo que me sienta contento es de mi fidelidad a aquel hombre y a aquella fecha y de esa candela abrasadora que me ilumina en esta oscuridad y que un día será luz de la madre España.

El Alcázar (dietario personal) 29 de octubre de 1984.

domingo, 14 de octubre de 2018

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA EN JOSÉ ANTONIO (José María García de Tuñón en 'Desde la Puerta del Sol' nº 102)

No fueron muchas las veces que el fundador de Falange citó la hazaña que un puñado de españoles, guiados por Cristóbal Colón, con la ayuda de nuestros Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tanto monta, descubrieran aquellas tierras que después, todas ellas, tomarían el nombre de América.
Recogeré algunos momentos de esas citas que creo más interesante. La primera vez fue cuando en el periódico de Falange F.E., el 7 de diciembre de 1933. Firmó un artículo titulado ¿Euzkadi libre?, que daba comienzo con estas palabras: «Acaso siglos antes de que Colón tropezara con las costas de América pescaron gentes vascas en los bancos de Terranova. Pero los nombres de aquellos precursores posibles se esfumaron en la niebla del tiempo. Cuando empiezan a resonar por los vientos del mundo las eles y las zetas de los nombres vascos es cuando los hombres que las llevan salen a bordo de las naves imperiales de España. En la ruta de España se encuentran los vascos a sí mismos. Aquella raza espléndida, de bellas musculaturas sin empleo y remotos descubrimientos sin gloria, halla su auténtico destino al bautizar con nombres castellanos las tierras que alumbra y transportar barcos en hombros, de mar a mar, sobre espinazos de cordilleras…».



El 4 de febrero de 1934, en Cáceres, pronunció estas palabras: «España fue a América, no por plata, sino a decirles a los indios que todos eran hermanos, lo mismo los blancos que los negros, todos, puesto que siglos antes, en otras tierras lejanas, un Mártir había derramado su sangre en el sacrificio para que esa sangre estableciera el amor y la hermandad entre los hombres de la tierra…».
En Málaga, el 21 de julio de 1935, tiene este recuerdo para los conquistadores: «Sentados, cobijados bajo el árbol, en ese ambiente de intimidad, yo dejaría vagar mi pensamiento y tal vez cruzara por mi mente el recuerdo de los conquistadores de América, que eran menos, muchos menos que nosotros. Así arribaron a las tierras vírgenes de América, sin que en ella hubiera un solo hombre blanco, y en lo alto de alguna cordillera, con el disco lunar sobre sus cabe-zas y la extensión infinita de las Pampas por horizonte, comenzaron a fundar los cimientos de la futura gloria dorada de un ancho imperio…». En otra ciudad andaluza, en Sevilla el 22 de diciembre de 1935, habla a los obreros con los que piensa llegará a entenderse, «nos acercaremos a ellos; ya empezamos a acercarnos; ya, por de pronto, mirad cómo en las mejores capas españolas, en las capas españolas que guardan esa vena inextinguible del heroísmo individual que conquistó América, se ha entrado en contacto con nosotros…». No falta en José Antonio la poesía, la poesía que promete. A Magallanes le dedicó una larga poesía que el también poeta Rafael Inglada recogió en un libro porque para él «reducir como a menudo se ha hecho, una figura como la de José Antonio, tan discutida y tan rica en matices, a una sola faceta –la política–, es no solo injusto, sino incluso y sobre todo opuesto a la verdad». 


(Rafael Inglada)


Hubo una segunda edición que prologó el también poeta Aquilino Duque: «Y es que en estos versos está, explícita e ingenua, la poesía implícita con la que José Antonio se planteó el eterno problema de España». ¿Qué importa nuestra muerte sin con ella / ayudamos al logro de este sueño? Escribe José Antonio en el poema dedicado a Magallanes. A lo que Aquilino Duque en su prólogo, dice: «El José Antonio adolescente se refiere con ello, claro está, a un sueño que se cumplió: el de que las tierras recién descubiertas hablaran un día español…». 


(Aquilino Duque)


El poema que dedicó a Magallanes, lo tituló José Antonio La «profecía de Magallanes».

El mar estaba inquieto, el cielo oscuro
por nubes cenicientas apagado,
con fulgor inseguro,
empezaba a asomarse la alborada;
cerrando los Confines de Occidente,
brotaban de las sombras lentamente
las titánicas cumbres de los Andes,
y en toda su hosquedad Naturaleza
mostraba la magnífica fiereza
con que sabe vestir los hechos grandes.
Y entre esa majestad, sobre las olas
que el continuo vaivén tornaba pálidas
las cuatro carabelas españolas
se alzaban atrevidas y gallardas;
sobre la inmensa superficie solas,
las quillas en el mar, la enseña al viento
lanzaban en su arrojo un desafío
al oscuro nublado, al mar bravío,
al ígneo rayo y al ciclón violento.
¡Jamás ante el poder de un elemento
temblaba aquella Raza de titanes!
Hasta el mar cuando fiero se alborota
humilla su poder ante una flota
como aquella de Hernando Magallanes.
El era su Almirante. Sobre el puente
de la nave izadora de la enseña
iba el bravo marino, alta la frente,
la mirada aguileña
escrutando orgullosa el Occidente:
es que allá, separados los pilares
que forman la gigante cordillera,
dejaban paso abierto hacia otros mares,
es que la audaz quimera
que en su mente genial alentó un día
ante la faz de la Creación entera
proclamando su gloria se cumplía...
Magallanes habló; sus ojos de ave
brillaban encendidos de entusiasmo,
los bravos marineros de la nave
le escuchaban hablar, mudos de pasmo,
y aun las nubes que en lo alto se cernían,
y hasta el agua sin fin del mar Atlante
absortas parecían
escuchando la voz del Almirante. –¡Ya es hora! –dijo–. ¡Un mundo nos espera tras del que hoy se divide a nuestro paso¡ Sigamos nuestra ruta aventurera por los mares ignotos al acaso!
Es infinito el mar, la vida corta,
nuestro poder, pequeño,
¡pero no os arredréis! ¿Qué nos importa
que se acabe la vida en el empeño?
¡No importa que muramos! Las estelas
que dejan nuestras raudas carabelas
jamás han de borrarse; por su traza
vendrán para buscar nuevos caminos otros bravos marinos
de nuestra Religión y nuestra Raza;
De España y Portugal, la raza ibera
cuyos hijos, unidos como hermanos,
a la sombra van hoy de una bandera;
portugueses e hispanos,
bogamos juntos tras la misma suerte...
Españoles, ¡quién sabe si algún día
se unirá vuestra Patria con la mía
en un lazo de amor eterno y fuerte!
Calló; todos callaban
de solemne estupor sobrecogidos;
los bravos corazones palpitaban
con rápidos latidos,
y tendiendo los brazos a Occidente,
por donde un nuevo mundo aparecía,
el marino vidente
acabó la asombrosa profecía:
–Esas costas y esotras cordilleras
también serán iberas
cuando naves de Iberia con sus quillas
surquen aquel Estrecho que allí asoma;
desde las dos orillas
les darán parabienes en su idioma...
¿Qué importa nuestra muerte si con ella
ayudamos al logro de este sueño?
Si la muerte es tan bella, ¿qué importa sucumbir en el empeño?..
¡Adelante, hijos míos!
–gritó transfigurado, el Almirante–.
Y los cuatro navíos
temblaron a las voces de: –¡Adelante!..
Hincháronse las velas;
en el mástil derecho
la enseña tremoló, las carabelas
embocaron audaces el Estrecho...
Y entonces, estallando de repente
la fiera tempestad que amenazaba,
rugió por los espacios imponente
cual monstruo colosal que se destraba;
aullaba el huracán, el mar bramaba
alzándose feroz en ronco estruendo
y la Creación entera parecía
que presa de pavor se estremecía
ante el empuje del ciclón tremendo.
¡Era un himno triunfal que nubes y olas
con su música fiera
cantaban a las naves españolas,
embajadoras de la Raza Ibera!

sábado, 13 de octubre de 2018

LA HISPANIDAD VISTA DESDE CATALUÑA (Manuel Parra en "Desde la Puerta del Sol")


(Manuel Parra)


Los catalanes que, en esta época de turbulencias, nos afirmamos en nuestra españolidad nos sentimos ajenos a cualquier suerte de nacionalismo, tanto del llamado fraccionario, como del pretendidamente unitario, y esto es así porque entendemos que el valor del patriotismo español casa mal con las interpretaciones estrechas, casi vegetales por su adhesión a un terruño, que solo saben ponderar la belleza o la bondad de un territorio frente al del vecino, recrearse en el pasado sin intentar emularlo en el presente y, en definitiva, de mirar con los únicos ojos del corazón aquello que precisa el concurso de la razón para encarnarse en Idea.

España, mucho antes de llamarse nación en el estricto sentido político que le dieron las constituciones liberales, era ya un Concepto y una Idea; las desavenencias interiores –aún no llamadas nacionalismos– no lograban ocultar su importancia como tarea común acrisolada por la historia y por la convivencia; así, quien fuera sevillano de nación, o leonés, o navarro, o catalán… no dejaba de percibir que existía un plus ultra, un más allá que trascendía de espacios y de fronteras. Y eso caracterizaba su razón de ser: nunca el concepto y la idea de España se podían resumir en cerrazones nacionalistas.

Muy poco después de que España se empeñara en ser voluntariamente Europa en el transcurso de ocho siglos de lucha contra la tentación de ser africana y oriental, vislumbraba que existía ese más allá que ni los finesterres ni las tenebrosas leyendas lograban ocultar, y, de este modo, descubrió que existía un Nuevo Mundo, donde se prolongó esa españolidad en carácter, creencias, instituciones, lengua y estilo de vida, creando, biológica y anímicamente, la hermosa realidad del Mestizaje.


(Manifestación 12 octubre 2018 en Barcelona)


Así, la españolidad adopto desde entonces el sonoro nombre de Hispanidad, casi al modo de un sinónimo; pero, como, con nuestro carácter, creencias, instituciones y estilo de vida, también trasplantamos allende el Océano nuestros defectos, llevamos allí el germen de las discordias intestinas, el del León de Babel, en expresión afortunada del catalán Eugenio d´Ors: virtudes y vicios hechos mestizos y universales. En su momento, ese defecto adquirió, aquí y allá, la definición concreta de nacionalismo. Y lo seguimos sufriendo en la actualidad en ambas orillas hispánicas.

Sigamos con Eugenio d´Ors: «La Hispanidad es una constante de España, aun antes de que se descubrieran nuevos territorios, porque la entidad de España no puede concebirse si no se la ve potenciada por un sentido dinámico y personal». Y las supuestas élites gobernantes de aquí y de allá no supieron entender ese sentido, encerrados en la estática de sus fronteras e incapaces de dotarse de valiosas empresas comunes.

La obtusa negación de esa empresa, que consistía en volcarse a los horizontes con el leit motiv de una ley de amor, cristalizó en neblinosas motivaciones que invocaban lo étnico, lo económico, lo lingüístico, lo cultural. De este modo, fueron naciendo los separatismos peninsulares, los pruritos de las nacionalidades americanas y los indigenismos. Todos ellos se basan en idénticos mitos, parecidos agravios y los mismos desencuentros babélicos; y los seguimos sufriendo como estorbos indeseables a la constante española de la Hispanidad.

«Con ningún nacionalismo es compatible el servicio auténtico de la Hispanidad», seguía diciendo Ors; y añadía: «Diré que, si esta no hubiera nacido en América, hubiera nacido en Cataluña, en perpetua contradicción con todo nacionalismo y con el separatismo de cualquier pelaje».


(Manifestación 12 octubre 2018 en Barcelona)


Actualmente, España –y casi toda Europa y casi toda América– está sacudida por apegos identitarios o supremacistas a la Pequeña Aldea y, a la vez, por la voracidad de la Aldea Global; esto pertenece al terreno de los hechos constatables y nos puede sumir en el desánimo. Pero, a fuer de creyentes en la existencia sustantiva de las Ideas, quienes afirmamos en Cataluña nuestra españolidad estamos convencidos de que estas, no solo tienen más valor, sino mucho más recorrido en el futuro que la mostrenca realidad palpable y vigente.

Quizás, en España, está llegando el momento de invertir la dirección de los viajes, y aquel trasplante de carácter, de creencias, de instituciones y de estilo venga ahora del más allá americano al más acá español; quizás se acerque la hora jubilosa de un Segundo Mestizaje, que es consecuente con una Segunda Evangelización en lo religioso, y nosotros, carcomidos por los mismos romanticismos, liberalismos y nacionalismos que denunciaba Eugenio d´Ors, veamos reanimar la constante de la Hispanidad, a través de los descendientes de quienes fueron, hace siglos, los fautores del Primer Mestizaje y de la Primera Evangelización en tierras americanas.