sábado, 26 de enero de 2019

DESDE MÉXICO, EN DEFENSA DE JOSÉ ANTONIO (JOSÉ MAURO GONZÁLEZ-LUNA MENDOZA)


Dos hechos orillan a hablar sobre España en estos días de verano: el derribo en Vizcaya de una Cruz de piedra levantada en la postguerra civil, y la pretensión de algunos de horadar tumbas en el Valle de los Caídos. El desprecio de tradición e historia es característico de países decrépitos dice Ortega y Gasset, de tiempos de cobardía, de naufragio de la virilidad.


(José Mauro González-Luna)

José Vasconcelos dijo alguna vez que en última instancia las Patrias se refugian en la conciencia del último hombre honrado capaz de mantener en pie su protesta. También se podría decir, en la memoria de quien heroicamente defiende y asume los valores específicos, eternos, intangibles de su pueblo –dignidad humana, libertad e integridad–, sin los cuales se desintegra y muere una nación.
José Antonio Primo de Rivera es en España ese último hombre. Espíritu selecto, un caballero, personalidad de atalaya medida por el grado de sufrimiento ante una España invertebrada y triste. Él ya contaba con que la ingratitud, la injusticia, la incomprensión y el olvido «serían su galardón, y los aceptó abnegadamente».


(José Antonio Primo de Rivera)

En realidad, los fanáticos de derechas y de izquierdas, de hoy y de ayer, no comprendieron su programa porque era profundamente cristiano, porque no lo quisieron conocer o porque sus mentes eran y son de corto alcance. Lo calumniaron, lo difamaron ubicándolo en casilleros falsos para desprestigiar su memoria, suerte común de grandes espíritus.
Hilaire Belloc dio en el blanco en diciendo que al hombre de bien lo detesta el mundo: Madero, muerto, González Flores –mártir cristero– muerto, Juana de Arco, muerta, María Estuardo, muerta, Tomás Moro, muerto, José Antonio, muerto cara al sol.
Cuando fragua la vida en el preciso momento de la muerte se conoce la altura humana. José Antonio en cuyo nombre está todo el hombre, dio testimonio de serenidad y nobleza ante el piquete que le canceló la vida, con palabras de bien, nunca jactanciosas, pues el morir joven es triste aún para los héroes.
En los 27 puntos doctrinarios de FE (Falange Española), número imperial elegido por relieves del Arco Benevento con la visión política de Trajano, emperador español, trazó en un noviembre del ‘34, junto con otros grandes, el programa político para la reconstrucción de la riqueza y gloria de España. Consideraba repulsiva, por elemental sentido histórico y cultural, toda conspiración contra la unidad por lo que los separatismos eran un crimen imperdonable.
Concebía una Patria, un Estado nacional, fuerte, con «sentido de catolicidad», de todos, es decir, totalizador en la acepción joseantoniana de que en el mismo todos cabían sin excepción, en el que individuos, clases y grupos participarían a través del desempeño de las funciones de la familia, el municipio y el sindicato, y donde se rendiría tributo, el más alto, a la dignidad humana y a la libertad, en contraste con el concepto del totalitarismo excluyente de los colectivismos neopaganos de izquierda y derecha que no les rendían tributo, sino que al contrario, las aniquilaban con su lucha de clases fundada en el odio y la supuesta pureza racial.
Su idea de representación era por tanto de índole orgánica y cohesionadora, frente a la artificial, mecánica y desintegradora del parlamentarismo liberal. En la suya, eran las familias, los campesinos, los obreros, los profesionistas, los sindicatos, quienes encarnaban tal representación, en tanto en la de signo liberal era asumida por los partidos tras los cuales latían mezquinos intereses de facción.
Frente a la lucha de clases del materialismo marxista y al egoísmo de la derecha capitalista, se levanta la convocatoria de FE a una «cooperación animosa y fraterna». Quería José Antonio devolverle a la Patria su grandeza, apelando a las virtudes heroicas y a la justicia social para que España toda compartiera el pan con el pueblo entonces hambriento.
Los marxistas encasillaron a FE en el fascismo, sin distingos ni matices de tiempo y circunstancia. Tal sistema era un ensayo de curso corriente en la Europa posterior a la Gran Guerra. En los días de José Antonio, ese «ismo» no tenía el carácter infamante que después adquirió. Pero además en su momento, José Antonio dejó en claro el asunto al asentar: «mienten quienes anuncian a los obreros una tiranía fascista». No podía serlo al enarbolar la Falange los valores eternos e intangibles de la dignidad, concordia y libertad humanas, del sentido nacional en contraste con el de la internacional, y de catolicidad frente al del ateísmo.
El comunismo soviético, el nazismo alemán así como el fascismo italiano, eran totalitarios en el específico sentido filosófico y de praxis política: el de la subordinación absoluta de cada persona humana al Estado entendido como substancia, como el todo, en franca derrota de la dignidad humana. Tres sistemas políticos colectivistas tributarios del materialismo con sus atroces consecuencias para la libertad. ¡Qué contraste con los 27 puntos de Falange, henchidos de espíritu y fraternidad, rindiendo como afirmara José Antonio, el máximo tributo a dicha dignidad!
Y sin embargo, en esa época de principios de los años treinta del siglo pasado, no se anticipaba el desenlace siniestro de las políticas instrumentadas posteriormente en Alemania, la URSS e Italia, a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Incluso el cardenismo en México emulaba en gran parte el corporativismo del sistema del partido de la Italia de ese tiempo, y Stalin hacía pactos con el gobierno nacionalsocialista que surgía democráticamente en la Alemania del 33, antes de aliarse con el Occidente libre para ruina después de ese mismo Occidente.
Fue la suya, la de José Antonio, obra original de filosofía política con sus propias definiciones de los conceptos de su discurso con aire de milicia, fruto de la síntesis de su genio: traducida su doctrina a hechos concretos en defensa de España, primero a través de la crítica y del grito de «presente» con que se saludaba a los caídos, y luego por necesidad, mediante los puños y las pistolas y con la verdad eterna de su catolicismo social. Había que arrancar del cuello español, la garra asesina del marxismo, con Stalin a la cabeza cual Medusa, y con el Lenin español Largo Caballero al lado, como peón de estribo del genocida.
El marxismo soviético tanto como el materialismo racial alemán, fueron dos sistemas genocidas, con sus campos de concentración y sus gulags, donde se asesinaron a millones de seres humanos, inocentes e indefensos. Dos inmensos lodazales de sangre que anticiparon el infierno. Dos formas de odio a la cultura judeo-cristiana y a sus valores.
La izquierda asesinaba impunemente, a carcajadas y muchas veces por la espalda, a los jóvenes falangistas para luego ya caídos, ultrajar sus cuerpos inertes orinándose en ellos, en obediencia ciega a los amos soviéticos que se esforzaban por doblegar a España para tragársela e incorporarla a su tiranía. Por ello, llegó el momento de la defensa legítima contra tales crímenes, contra tales odios, contra tales insultos.
Por otro lado, repudiaba la Falange el sistema capitalista que se desentiende de las necesidades del pueblo, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas propicias a la miseria. Censuraba a los partidos por fragmentar, por ir contra el sentido de unidad. Concebía a España en lo económico como un gigantesco sindicato de productores.
Cabe señalar que tampoco era monárquico, pues consideraba que la grandeza de la Monarquía, la imperial, había concluido con Felipe II, y la otra ya no respondía a los nuevos tiempos que exigían por la penuria moral y material de España, el heroísmo de Falange Española, una «revolución de lo eterno» que es lo contrario de la otra revolución, la de los neopaganos, liberales o marxistas.
Su sentido espiritual y nacional, hizo que también repudiara el marxismo que descarriaba a las clases laboriosas. Fue amigo de los obreros, de los pobres, de los campesinos. Indalecio Prieto del Partido Socialista, encomiaba en su tiempo la personalidad de José Antonio.
Unamuno quien conoció y escuchó la palabra de José Antonio, dijo de él: «uno de los cerebros más privilegiados de Europa», a raíz de su asesinato por los comunistas españoles en Alicante, el 20 de noviembre de 1936, en los albores de la guerra civil. Diego Abad de Santillana, anarquista: «patriotas como él no son un peligro, ni siquiera en las filas enemigas».
Contemplaba, sentía y le dolía una España injusta, pobre, escuálida. «Amamos a España porque no nos gusta» había dicho Unamuno. Su plan agrario era más radical que el del Partido Comunista Español. Defendía la tendencia a la nacionalización de los servicios del crédito para proteger de los abusos del gran capital financiero a la propiedad privada como medio lícito para cumplir fines individuales, familiares y sociales –propiedades comunales frente a latifundios desperdiciados y minifundios antieconómicos–.
Brillaba él como estrella en medio de una desoladora mediocridad política: no quería ver a partir del primer tercio del siglo xx, una prolongación del xix, como de hecho sucedió a la postre por su ausencia, por su muerte en la flor de la vida, a los 33 años. Atisbaba una España nueva, alegre, y que sólo los genios configuran en una síntesis de tradición y cambio. Estuvo siempre en búsqueda de la fórmula política idónea y original, apropiándose de lo valioso de cada sistema y descartando lo falso de cada uno.
Todos los grandes forjadores de la historia lo han hecho: han buscado el ideal sin despreciar nada de lo que pudiera arrojar alguna luz. Anacleto González Flores, líder intelectual y mártir cristero asesinado en México por el callismo en 1926 al comienzo de la Guerra Cristera, apelaba a lo mejor de Aristóteles con su ética de la práctica de las virtudes como ejes de la vida humana plena, no obstante su ceguera ante la esclavitud y el papel de la mujer, a lo noble de Nietzsche, en otros aspectos, el anticristo.
José Antonio fue el mayor tribuno de Europa, sin cuya muerte el terror no habría sobrevenido en aquella época convulsa, como lo menciona Ortega y Gasset en su Tríptico. Y hablando de Ortega, José Antonio tuvo fuerte influencia de él y su España Invertebrada. También de Miguel de Unamuno y su Sentimiento Trágico de la Vida, tan español. Sentido heroico de unidad nacional y de destino universal, como rocas sobre las que se hace perdurar un pueblo.
Enemigo de la funesta ideología sensualista desprendida de la realidad, del ginebrino Juan Jacobo, padre que despreció a sus propios hijos y padre de la tiranía de las mayorías a las que debían manipular unos pocos pícaros, lo de hoy y antaño; teórico de la democracia liberal, cuya filosofía es dudar de todo, incluso de la conveniencia de su existencia política misma, como alguien sabio dijo alguna vez no sin sarcasmo y que equivale en la práctica, salvo excepciones insulares, a un nauseabundo escamoteo de números.
Hoy el clamoreo de los mediocres y de los beatos de toda índole, de los tenderos de izquierda y derecha, cae en el vacío porque los grandes espíritus, los vivos y los muertos, son capaces de soportarlo todo, a veces en silencio, como Cristo ante el gran Inquisidor.
Son esos mediocres cortos de vista y filisteos, los que siempre han pretendido destruir la difícil unidad lograda a lo largo de los siglos por los que aman a España, desde Don Pelayo y el Cid pasando por Isabel de Castilla y Fernando y la reconquista de Granada, hasta el César Carlos V y Felipe II. Esa unidad es la que defendía José Antonio hasta el martirio en Alicante. La unidad de historia y destino compartidos en la diversidad genera grandezas; la desunión, decadencias.
España y mi patria mexicana, hija como tantas, del mestizaje de españoles y de indígenas, hecho cultural objetivo cuyo desconocimiento por los adversarios de la Fe Católica y su tradición cultural, ha impedido la conciencia plena de identidad nacional, son irrevocables. España no es de nadie en particular, menos podía serlo de los soviéticos de entonces, de los envidiosos de la personalidad de José Antonio, única por su genio, nobleza, generosidad y valentía.
Pertenece José Antonio a la legión de héroes que han resistido y combatido a los enemigos del bien y la verdad; pertenece a las víctimas de la historia encabezadas por el Nazareno de 33 años, y de las que hablara encomiablemente el último Horkheimer, el anhelante de justicia.
A España la amamos porque nos enseñó el castellano que entraña una filosofía de la vida y nos trajo la Fe católica, y porque a diferencia del puritano de Inglaterra que arrojó a la mujer indígena en reservaciones, despreciándola, el español la abrazó para fundar una nación –Paz se equivoca en su Laberinto anticipado en varios de sus temas por el filósofo Samuel Ramos– al desnaturalizar por influencia protestante, el sentido de tal encuentro, encuentro creador de un pueblo nuevo que recuerda el rapto de las Sabinas, fundador de Roma.
Hoy en plena época decrépita, de enanismo político, ningún partido español parece representar siquiera mínimamente los valores intangibles de la España anhelada para el porvenir por José Antonio. Muestra ella síntomas del vértigo de los derrumbes, de las desbandadas, de las ingratitudes al pretender horadar la tumba de José Antonio en el Valle de los Caídos para descargar los restos en cualquier fosa, como lo hicieron los fanáticos de la Francia del odio y del terror con la profanación de la tumba de San Luis, el cruzado, hijo de Blanca de Castilla, el patrono de Francia con Juana de Arco.
Y al igual que el resto de Europa, practica España el vicio de darle la espalda al espíritu que le dio vida, a la cultura cristiana que se dilató victoriosa a partir del siglo xi medieval, y que formó el Occidente civilizado y su forma de vida, siempre en tensión, en trance de superación o aniquilamiento.
Tumbar Cruces y gritar la Internacional, trabajo y aullido de tribu. Ojalá que pronto resurja en España el espíritu joseantoniano adaptado a estos tiempos, que por ser materialistas, auguran paradójicamente renacimientos morales, según Max Scheler en su Sociología del Saber. El porvenir español exigiría una moral abierta a la concordia, como la de Bergson.
¿Dónde está la España milenaria, la del Cid, Cervantes y Juan de Austria, ante el derribo de la Cruz, escondida y acobardada frente a unos cuantos fanáticos, enfermos de odio? ¿Dónde los católicos españoles?
En tanto, pues no hay mal que dure cien años, parece sólo caber por ahora el testimonio viril, la resistencia de las víctimas de una época obscura, mezquina, cobarde, animalizada, que encara el eclipse de Dios como señalara Martin Buber.
«Esperar contra toda esperanza», y aun suponiendo sin conceder, que nos deparara la nada, pensar trágicamente como Unamuno: que ello sería una injusticia. La historia y la política no son por fortuna el núcleo de lo humano, son como dice Rilke, la periferia de una esencia íntima, alegre, sencilla, serena, interior de cada persona, donde habita el espíritu en búsqueda obstinada de eternidad. Solamente una obra de arte puede expresar ese interior luminoso. José Antonio y su conducta fueron, son y serán en el porvenir, obras de arte. José Antonio, presente junto a los compañeros.


El autor: JOSÉ MAURO GONZÁLEZ-LUNA MENDOZA ha sido diputado federal mejicano entre 1994-1997 por el PRD. Profesor de la Universidad de Harvard entre 1984 y 1992 y luego en la Universidad Panamericana). El texto es parte de su Conferencia en el Club de los Macabeos en la ciudad de México en julio de 2017. En España ha sido publicado por la revista Cuadernos de Encuentro.

lunes, 24 de diciembre de 2018

EL PASO DE LA PAZ.


En el centro Bobby Deglané, a la izquierda el laureado capitán falangista Palacios, combatiente de la Guerra Civil y en Rusia, héroe en el cautiverio; a la derecha el legendario Melchor Rodríguez, anarquista, Director de Seguridad por CNT en el Madrid republicano, quien durante la guerra salvó muchas vidas inocentes, arriesgando la suya propia.

He aquí una fotografía histórica donde las haya; tomada en uno de los programas que presentaba Bobby Deglané, quien aparece en el medio de los dos protagonistas. Fotografía plena de verdad, humanidad y grandeza; ejemplo por sí sola para todas las generaciones de españoles. He aquí a dos hombres, y más aún, a dos españoles de una grandeza como sólo los españoles, cuando están animados de verdadera españolidad, son capaces. He aquí a dos hombres buenos, honrados, decentes y de paz.
Y lo fueron, porque supieron serlo en las más difíciles circunstancias en que se puede encontrar un ser humano, en la guerra, que es cuando afloran al exterior las grandezas y las miserias humanas en niveles extraordinarios.
Los dos de origen humilde y hechos a sí mismos.
El de la izquierda es el capitán –en la foto ya coronel– Teodoro Palacios Cueto, falangista, soldado voluntario, alférez provisional, capitán, divisionario, prisionero durante doce años en la URSS, laureado y General.
El de la derecha es Melchor Rodríguez García, anarquista, director de prisiones, salvador de muchos del vil asesinato al que se les conducía, condenado y amnistiado, representante de seguros, más conocido como “El Ángel Rojo”.
Los dos en un momento formaron bajo banderas contrarias durante nuestra contienda 1936-39, pero ambos poseedores de esa casta que trasciende cualquier ideología, la que consigue armonizar el sístole y la diástole del corazón humano en un único movimiento vital, que impulsa a mantener la cordura en tiempos de extrema barbarie.
Melchor Rodríguez se dedicó a salvar vidas, aún a riesgo de perder la propia, durante la guerra en el bando rojo cuando fue nombrado director de prisiones, logrando detener las terribles sacas de presos de las cárceles de Madrid, la mayoría de los cuales terminaban en Paracuellos del Jarama.
Teodoro Palacios no sólo dio razón de su hidalguía, valor y humanidad durante la guerra, que comenzó de simple soldado voluntario y acabó de capitán, sino también después de ella cuando voluntario de la División Azul participó en la batalla de Krasny Bor, posiblemente la más cruenta de todas, siendo hecho prisionero, permaneciendo cautivo durante doce largos años, tiempo durante el cual asumió con una entereza, presencia de ánimo, dignidad y reciedumbre su cruelísimo destino en los campos de concentración soviéticos, más bien de exterminio, sin dar un paso ni atrás ni en falso, siendo en todo momento jefe y ejemplo para los demás prisioneros, no sólo españoles. Asimismo, no se conformó con mantenerse a la defensiva, sino que pasó a la ofensiva convirtiéndose en un verdadero quebradero de cabeza para los responsables del Gulag. Su pertinaz lucha por lograr un trato humano no excluyó, sino todo lo contrario, a los rojos españoles que también dieron con sus huesos en aquellos campos.
En las aulas españolas se tendría que impartir una asignatura que tuviera por centro ambas trayectorias humanas y españolas para ejemplo de todos, máxime a la vista de la decadencia, corrupción y estupidez en que ha caído España en las últimas décadas de “democracia y libertad”. He aquí la imagen de la verdadera reconciliación que se fraguó a base de generosidad y buena voluntad ya durante la etapa de Gobierno del Caudillo. He aquí lo que se hizo y lo que hoy han destruido los de siempre.
Fotografía testimonio incuestionable de que la verdadera hermandad entre todos los españoles –de buena fe, crianza, honradez y orgullo, no entre los descastados–, es posible y, más aún, se hizo durante la legalidad y legitimidad anterior, y por contra se ha destrozado premeditadamente durante el régimen actual.
Los héroes nos ayudan a construirnos como pueblo, como “unidad de destino en lo universal”, sólo cuando reconocemos que ellos son tan humanos como nosotros, sólo que llegado el momento sublime fueron capaces de elevarse por encima de la mediocridad, lo mismo que podemos hacer nosotros si nos dejamos animar por los principios y valores de ellos.
Francisco Bendala Ayuso (Teniente Coronel)
Fuente: https://www.hispanidadcatolica.com/2018/12/recuerdo-de-dos-heroes-para-esta-navidad-por-francisco-bendala/

TRISTÁN GARCÍA (Álvaro Cunqueiro)


El 23 de diciembre es el aniversario del nacimiento en 1911 de Álvaro Cunqueiro, uno de los escritores más deliciosos de toda la literatura española. Hoy silenciado por su militancia falangista. Y este cuento suyo, prodigioso. Se publicó originalmente en gallego, y luego fue traducido por el propio autor. 


(Álvaro Cunqueiro, tercero por la izquierda. Gonzalo Torrente Ballester es el primero por la derecho, junto a él está Josep Plá)


TRISTÁN GARCÍA

Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento del bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia.

Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quiosco compró La verdadera historia de Tristan e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quién era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba a una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural.

A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38, les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.

Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.

– ¿Tú eres el que andaba buscando a una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.

– ¿Joven o vieja? – Preguntó Tristán emocionado.

– ¡No lo sé! ¡Es churrera! – Le contestó el sargento.

Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella.

Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de Isolda.  Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza.

Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.

– ¡Buenos días! ¿Es usted la señora Isolda?

– ¡Servidora! – respondió la amable viejecita sonriendo -. ¿Cuántos le pongo?

– ¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!

La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

– ¡Tristán! ¡Tristán querido! –  pudo decir al fin -. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!

Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada.

Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

jueves, 13 de diciembre de 2018

LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA (José María García de Tuñón en ¨Desde la Puerta de El Sol¨ 11/12/2018).

El pasado jueves se celebró en España el 40 aniversario de la Constitución Española, aprobada por las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978, ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978 y sancionada por el rey Juan Carlos ante las cortes el 27 de diciembre del mismo año. Este 40 aniversario fue presidido por el rey Felipe VI y su familia en la que no faltaron sus padres. «Nuestra democracia es firme y consolidada, no tiene marcha atrás», dijo el rey. La nota discordante, como siempre, la dieron los parlamentarios de Unidos Podemos que exhibieron símbolos republicanos. No asistieron los parlamentarios de Compromís, ERC, PDeCAT y PNV, pero los medios no los persiguen, informativamente hablando, como persiguen, por ejemplo, a VOX.
Al día siguiente, los medios españoles se hicieron eco de este aniversario, destacando, por encima de todo, el papel que había jugado el actual rey emérito Juan Carlos I en los días siguientes de la muerte de Franco. Sin embargo, muy pocos medios se han acordado de referirse a aquellos hombres, procedentes del franquismo, que vistieron la camisa azul, y que hicieron posible la Transición.



Varios historiadores, dicen que quien jugó un papel importante en aquellos años fue el asturiano Torcuato Fernández-Miranda, instrumento legal que permitió desmontar el régimen franquista legalmente con la aprobación de las propias Cortes, nombradas antes por el propio Franco. Había sido ministro secretario general del Movimiento (octubre 1969-enero 1974) y su discurso de despedida lo finalizó con un ¡Arriba España! Después sería quien articuló la inteligente maniobra de la Ley a la Ley, con el fin de satisfacer al rey. Primero tuvo que conseguir que Adolfo Suárez entrara en la terna, del futuro presidente que sería del Gobierno de España, como así le había pedido Juan Carlos I. Por eso aquella frase, que pasará a los anales de la historia cuando Fernández-Miranda, dijo: «Estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que me ha pedido». Es decir, que en la terna fuera el nombre de Adolfo Suárez que también había sido ministro general del Movimiento. Dos camisas azules como ilustran este artículo y que nadie se atreverá, ahora, a llamarles «fascistas». 
El 17 de julio de 1976 el rey Juan Carlos I encargó a Suárez la formación del segundo gobierno de su reinado y el consiguiente desmontaje de las estructuras franquistas que consiguió con la ayuda de falangistas «conversos» como él, y también de liberales, democristianos, con la complicidad de fuerzas antifranquistas. El 15 de junio de 1977, se celebran elecciones generales que gana Adolfo Suárez con aquel partido que él fundó, llamado Unión de Centro Democrático y que no tardaría mucho tiempo en desaparecer porque partió de una base totalmente incongruente. 


(Torcuato Fernández Miranda. Foto: ABC)


Todavía un tercero, que nunca ha vestido la camisa azul, aunque hay varios testigos que al parecer aseguran haberle oído que a su muerte le gustaría le amortajaran con la camisa azul de Falange. Pero desconozco en este momento si sus familiares cumplieron su deseo. Me refiero a Miguel Primo de Rivera Urquijo, presidente de honor de la Fundación José Antonio Primo de Rivera, recientemente fallecido. Muchos periódicos han reconocido el papel importante que jugó en aquellos años. El diario El País, por ejemplo, en su página 43 le dedica un largo artículo que titula; «El Primo de Rivera que impulsó la democracia». El artículo está firmado por el biógrafo de José Antonio Primo de Rivera, Julio Gil Pecharromán quien comienza diciendo: «Con el fallecimiento de Miguel Primo de Rivera Urquijo (San Sebastián, 1934 – Madrid 2018) desaparece una figura clave en el impulso inicial de la transición a la democracia en nuestro país...». 


(Miguel Primo de Rivera y Urquijo)


No me toca juzgar ahora si aquellos que vistieron la camisa azul y se sintieron, en algún momento, falangistas y joseantonianos, han jugado un papel de acuerdo y consonancia con sus principios y convicciones. El tiempo y la historia dirán si han hecho bien, o todo lo contrario.

martes, 20 de noviembre de 2018

LAS RAZONES DE UNA PRESENCIA (Manuel Parra en Desde la Puerta del Sol)

Muchos se preguntan qué tendrá la figura de José Antonio Primo de Rivera para que, a los ochenta y dos años de su muerte, siga atrayendo la atención de los historiadores, de los novelistas, de los pensadores y, aun, la de los políticos, aunque sea para vituperar su recuerdo; sea como sea, existe una gran diferencia entre este interés por mantenerlo presente con el de otras personajes históricos de su momento, cuyas referencias son anecdóticas.



Hay respuestas para todos los gustos, y, como no me es dado interpretarlos, voy a dar mis razones personales y que espero, en poca o mucha medida, sean transferibles a algunos lectores. La primera es que ha adquirido la condición de clásico, y, como dijo Juan Ramón Jiménez, clásico, es decir, actual, es decir, moderno. Eso no quiere decir que, como a todos los clásicos, haya que traerlo a nuestros días, al modo como el maestro Azorín ejerce sobre los autores literarios.
Sin desmerecer los motivos de otros, muchos de los cuales comparto, me centraré en otras dos razones particulares: la primera la centro en la autenticidad, rasgo tan difícil de emular en estos aparatosos y esperpénticos momentos de la política, y la segunda en su significación metapolítica. Y todavía añadiré una tercera, más difícil de explicar, y que consiste en que la lectura de sus textos me provoca una facultad de adivinación. Vayamos por partes.
José Antonio fue un hombre consecuente, tanto en su comportamiento y actitudes como en la elaboración de sus planteamientos políticos. Sus tanteos, sus dudas, su ironía, son propias de una labor inte-lectual de búsqueda; esto hace que su pensamiento vaya tanto evolucionando como agregando, en feliz expresión de Francisco Torres García. Un pensador nunca da por finiquitadas y completadas sus teorías, pues cada día adquiere nuevos elementos que rectifiquen lo anterior, lo confirmen, lo refuten o, sencillamente, se sumen a intuiciones pretéritas; de ahí la cierta distancia con alguno de sus seguidores, que daban por definitivo lo que acaso no lo era. Si observamos al José Antonio desde los primeros años 30, el de la defensa paterna en el seno de la UMN, luego, al de la admiración por los logros de Mussolini, también al de la radicalización en lo social por influjo jonsista, hasta el de las conclusiones a las que llega en los últimos meses antes de su fusilamiento, podemos constatar que, sin desdecirse ni alterar sus ideas sobre lo esencial, madura consecuentemente. Es, pues, consecuente en lo intelectual, como también lo será ante la terrible circunstancia de una muerte anunciada en un joven de 33 años que tenía toda una prometedora vida por delante. La lectura de su testamento sigue siendo una muestra de elegancia ante la vida y ante la muerte.
En segundo lugar, cada día estoy más convencido de que existe una interpretación española del hombre y de la vida, que se ha ido pasmando y actualizando a lo largo de la historia por la acción de las minorías que han calado en la entraña de una parte sustantiva de la sociedad; esa actualización constante –con sus correspondientes retrocesos, revisiones y altibajos–, fue efectuada por los maestros más preclaros en cada circunstancia de España; cuando llegamos a la tercera generación del siglo XX, corresponde precisamente a José Antonio ejercer ese papel: convertir en acto todo un planteamiento potencial de la esenia de España y convertirla en doctrina política.
Y ahora llegamos a mi tercera razón, que no depende tanto de su figura, que quedó en el pasado, como de su influjo en los españoles de hoy; aquella tarea que llevó a cabo en tiempos más convulsos que los nuestros debe despertar en nosotros una tremenda dosis de adivinación: qué hubiera dicho de hallarse en nuestra circunstancia y no en la suya.
Evidentemente, es muy difícil el reto, y en él caben las posibles equivocaciones y las mayores discrepancias. Lo que de ningún modo es válido es aventurar sobre lo que pudo haber sido y no fue, porque la historia siempre se escribe de una sola manera y no admite viajes al pasado, al modo de la ciencia-ficción.
Partiendo del fundamento de lo esencial de su pensamiento sobre el sentido espiritual y trascendente de la vida, sobre el hombre como persona, sobre la patria como medio para lograr la armonía entre el ser humano y su entorno, sobre la irrevocable empresa de unidad de las patrias con el pleno reconocimiento de la variedad, sobre la valoración del trabajo como aportación humana y del capital y la técnica como aportaciones instrumentales, sobre la necesidad de autentificar la participación del ciudadano en su res pública…, se nos abre todo un mundo de posibilidades que debemos inventar para el mundo de hoy.
No se trata, pues, de rebuscar en sus textos recetas más o menos acomodables, y ahí estriba la dificultad, sino de estilo a la hora de emplearse a la tarea, pues lo que permanece es precisamente esa manera de ser joseantoniana, que se manifiesta en algunos de nosotros, de manera consciente o inconsciente en cada hecho y en cada palabra.
Un estilo o modo de ser que no admite normas escritas o dictadas, sino una Norma moral que –digámoslo poéticamente– viene quizás marcada por esa línea más corta entre dos puntos que es la que pasa por las estrellas.

lunes, 29 de octubre de 2018

LA LUZ (Rafael García Serrano, octubre de 1984)


Al escribir de carrerilla, casi mirando al calendario, la fecha de hoy, me he dado cuenta del día en que vivimos, al menos del día en que vivimos/morimos unos cuantos. En esta jornada municipal y torva, con un Madrid donde hay reservas para travestis como en los Estados Unidos para indios sioux. A estos y otras tribus, el Gran Jefe Blanco, en paz o en guerra, los cambiaba de praderas y tierras de caza, como quien se cambia de pensión, pero siempre tirando a peor. Aquí, no sé si en paz o en trifulca, el Gran Viejo Profesor –Gran Padre Blanco de los madriles- los traslada también a otras praderas de caza, de María de Molina a Vitrubio. Y de repente es como si me encontrase en el extranjero, a mil leguas del Madrid que yo conocí, incluso en tiempos malos, y me parece imposible que se diese tal día como hoy en este Madrid que es una pulpa sucia y apestosa, y en una mañana tan clara como la de hogaño, la consigna para toda una generación de españoles.



Muchas veces he contado que yo participé del discurso de José Antonio de una manera casual, auditiva, y a rachas, a través de la radio de un barecito de la Corredera Alta, con un grupo de estudiantes del Norte, navarros en su mayoría, que allí tomábamos el aperitivo. Bien, la anécdota es lo de menos, el caso es que por unas y otras cosas aquellas palabras han marcado mi vida y la de todos mis camaradas; los de mi promoción y mi contorno, los más queridos, ya en el otro mundo, por razones de sacrificio, de ley natural y de asco. Y uno piensa cuántos otoños, inviernos, primaveras y veranos han transcurrido desde entonces y cuántas ilusiones, cuántos esfuerzos, cuánta sangre, cuánto heroísmo, cuánto miedo dominado, cuánta luz ha transcurrido desde entonces y cuántos caminos abiertos se han cerrado, por el momento, al parecer, definitivamente. En el mundo todo da vueltas y en España más.


(García Valdecasas, Ruiz de Alda y José Antonio)


 Sólo cerca del final acierta uno a ver en qué instante se decidió su vida de manera indomeñable, salvo falta de decoro. Para mí fue aquel lejano 29 de octubre de 1933, como para otros muchos, al correr del tiempo, hasta llegar a los emocionantes jóvenes y adolescentes de hoy, que han recogido el relevo sin temblarles el pulso, con la exactitud de un buen atleta, y que conocen la doctrina y hasta la manera de ser que se anunció aquel día, cincuenta y un años hace, mejor que nosotros los viejos, porque nosotros todo aquello lo vimos nacer y crecer junto a las aulas, los campos de España, los talleres y las fábricas, primero en el corazón de manera abrumadora y luego más intelectualmente. Pero estos jóvenes que a veces aparecen por mi casa ha elegido la doctrina falangista, la doctrina joseantoniana –y en ella resumo todas las aportaciones originales de otros compatriotas- de un modo intelectual, preferentemente, aunque luego les ha desbordado el corazón, eligiendo entre otras muchas y cómodas ofertas y en instantes, ya largos, ya demasiado largos, de abatimiento nacional, cuando España agoniza.



Si repaso mi vida, como quien hace examen de conciencia, veo que todo su acontecer transcurre como un río brotado de aquel lejano nacedero, en razón de aquel domingo, de aquellas palabras y de las que sucesivamente fue predicando José Antonio por España, durante tres años, hasta su muerte, que aún duele y angustia como si fuese hoy. Las riberas de este río han visto mucha historia, rebeliones, guerras, Itálicas destruidas fulminantemente e Itálicas renacientes, ordenadas, florecidas al sol, y esto sólo con una pequeña brisa procedente de aquel nacedero, no con el viento varón que pudo haber engendrado o que no se aprovechó del todo para mover los molinos de la Patria, no sólo los del bienestar, sino aquellos que engendran los bienes del espíritu, de la fortaleza del país que fue llamado a cumplir una misión tal día como hoy.

 Ya vivo en pleno invierno, en esa soledad reflexiva y tierna que da el vestíbulo de la vejez. Y si hay algo de lo que me sienta contento es de mi fidelidad a aquel hombre y a aquella fecha y de esa candela abrasadora que me ilumina en esta oscuridad y que un día será luz de la madre España.

El Alcázar (dietario personal) 29 de octubre de 1984.

domingo, 14 de octubre de 2018

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA EN JOSÉ ANTONIO (José María García de Tuñón en 'Desde la Puerta del Sol' nº 102)

No fueron muchas las veces que el fundador de Falange citó la hazaña que un puñado de españoles, guiados por Cristóbal Colón, con la ayuda de nuestros Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tanto monta, descubrieran aquellas tierras que después, todas ellas, tomarían el nombre de América.
Recogeré algunos momentos de esas citas que creo más interesante. La primera vez fue cuando en el periódico de Falange F.E., el 7 de diciembre de 1933. Firmó un artículo titulado ¿Euzkadi libre?, que daba comienzo con estas palabras: «Acaso siglos antes de que Colón tropezara con las costas de América pescaron gentes vascas en los bancos de Terranova. Pero los nombres de aquellos precursores posibles se esfumaron en la niebla del tiempo. Cuando empiezan a resonar por los vientos del mundo las eles y las zetas de los nombres vascos es cuando los hombres que las llevan salen a bordo de las naves imperiales de España. En la ruta de España se encuentran los vascos a sí mismos. Aquella raza espléndida, de bellas musculaturas sin empleo y remotos descubrimientos sin gloria, halla su auténtico destino al bautizar con nombres castellanos las tierras que alumbra y transportar barcos en hombros, de mar a mar, sobre espinazos de cordilleras…».



El 4 de febrero de 1934, en Cáceres, pronunció estas palabras: «España fue a América, no por plata, sino a decirles a los indios que todos eran hermanos, lo mismo los blancos que los negros, todos, puesto que siglos antes, en otras tierras lejanas, un Mártir había derramado su sangre en el sacrificio para que esa sangre estableciera el amor y la hermandad entre los hombres de la tierra…».
En Málaga, el 21 de julio de 1935, tiene este recuerdo para los conquistadores: «Sentados, cobijados bajo el árbol, en ese ambiente de intimidad, yo dejaría vagar mi pensamiento y tal vez cruzara por mi mente el recuerdo de los conquistadores de América, que eran menos, muchos menos que nosotros. Así arribaron a las tierras vírgenes de América, sin que en ella hubiera un solo hombre blanco, y en lo alto de alguna cordillera, con el disco lunar sobre sus cabe-zas y la extensión infinita de las Pampas por horizonte, comenzaron a fundar los cimientos de la futura gloria dorada de un ancho imperio…». En otra ciudad andaluza, en Sevilla el 22 de diciembre de 1935, habla a los obreros con los que piensa llegará a entenderse, «nos acercaremos a ellos; ya empezamos a acercarnos; ya, por de pronto, mirad cómo en las mejores capas españolas, en las capas españolas que guardan esa vena inextinguible del heroísmo individual que conquistó América, se ha entrado en contacto con nosotros…». No falta en José Antonio la poesía, la poesía que promete. A Magallanes le dedicó una larga poesía que el también poeta Rafael Inglada recogió en un libro porque para él «reducir como a menudo se ha hecho, una figura como la de José Antonio, tan discutida y tan rica en matices, a una sola faceta –la política–, es no solo injusto, sino incluso y sobre todo opuesto a la verdad». 


(Rafael Inglada)


Hubo una segunda edición que prologó el también poeta Aquilino Duque: «Y es que en estos versos está, explícita e ingenua, la poesía implícita con la que José Antonio se planteó el eterno problema de España». ¿Qué importa nuestra muerte sin con ella / ayudamos al logro de este sueño? Escribe José Antonio en el poema dedicado a Magallanes. A lo que Aquilino Duque en su prólogo, dice: «El José Antonio adolescente se refiere con ello, claro está, a un sueño que se cumplió: el de que las tierras recién descubiertas hablaran un día español…». 


(Aquilino Duque)


El poema que dedicó a Magallanes, lo tituló José Antonio La «profecía de Magallanes».

El mar estaba inquieto, el cielo oscuro
por nubes cenicientas apagado,
con fulgor inseguro,
empezaba a asomarse la alborada;
cerrando los Confines de Occidente,
brotaban de las sombras lentamente
las titánicas cumbres de los Andes,
y en toda su hosquedad Naturaleza
mostraba la magnífica fiereza
con que sabe vestir los hechos grandes.
Y entre esa majestad, sobre las olas
que el continuo vaivén tornaba pálidas
las cuatro carabelas españolas
se alzaban atrevidas y gallardas;
sobre la inmensa superficie solas,
las quillas en el mar, la enseña al viento
lanzaban en su arrojo un desafío
al oscuro nublado, al mar bravío,
al ígneo rayo y al ciclón violento.
¡Jamás ante el poder de un elemento
temblaba aquella Raza de titanes!
Hasta el mar cuando fiero se alborota
humilla su poder ante una flota
como aquella de Hernando Magallanes.
El era su Almirante. Sobre el puente
de la nave izadora de la enseña
iba el bravo marino, alta la frente,
la mirada aguileña
escrutando orgullosa el Occidente:
es que allá, separados los pilares
que forman la gigante cordillera,
dejaban paso abierto hacia otros mares,
es que la audaz quimera
que en su mente genial alentó un día
ante la faz de la Creación entera
proclamando su gloria se cumplía...
Magallanes habló; sus ojos de ave
brillaban encendidos de entusiasmo,
los bravos marineros de la nave
le escuchaban hablar, mudos de pasmo,
y aun las nubes que en lo alto se cernían,
y hasta el agua sin fin del mar Atlante
absortas parecían
escuchando la voz del Almirante. –¡Ya es hora! –dijo–. ¡Un mundo nos espera tras del que hoy se divide a nuestro paso¡ Sigamos nuestra ruta aventurera por los mares ignotos al acaso!
Es infinito el mar, la vida corta,
nuestro poder, pequeño,
¡pero no os arredréis! ¿Qué nos importa
que se acabe la vida en el empeño?
¡No importa que muramos! Las estelas
que dejan nuestras raudas carabelas
jamás han de borrarse; por su traza
vendrán para buscar nuevos caminos otros bravos marinos
de nuestra Religión y nuestra Raza;
De España y Portugal, la raza ibera
cuyos hijos, unidos como hermanos,
a la sombra van hoy de una bandera;
portugueses e hispanos,
bogamos juntos tras la misma suerte...
Españoles, ¡quién sabe si algún día
se unirá vuestra Patria con la mía
en un lazo de amor eterno y fuerte!
Calló; todos callaban
de solemne estupor sobrecogidos;
los bravos corazones palpitaban
con rápidos latidos,
y tendiendo los brazos a Occidente,
por donde un nuevo mundo aparecía,
el marino vidente
acabó la asombrosa profecía:
–Esas costas y esotras cordilleras
también serán iberas
cuando naves de Iberia con sus quillas
surquen aquel Estrecho que allí asoma;
desde las dos orillas
les darán parabienes en su idioma...
¿Qué importa nuestra muerte si con ella
ayudamos al logro de este sueño?
Si la muerte es tan bella, ¿qué importa sucumbir en el empeño?..
¡Adelante, hijos míos!
–gritó transfigurado, el Almirante–.
Y los cuatro navíos
temblaron a las voces de: –¡Adelante!..
Hincháronse las velas;
en el mástil derecho
la enseña tremoló, las carabelas
embocaron audaces el Estrecho...
Y entonces, estallando de repente
la fiera tempestad que amenazaba,
rugió por los espacios imponente
cual monstruo colosal que se destraba;
aullaba el huracán, el mar bramaba
alzándose feroz en ronco estruendo
y la Creación entera parecía
que presa de pavor se estremecía
ante el empuje del ciclón tremendo.
¡Era un himno triunfal que nubes y olas
con su música fiera
cantaban a las naves españolas,
embajadoras de la Raza Ibera!