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lunes, 20 de enero de 2014

¿Dónde están los 16.000 millones? (Artículo de Josep Borrell y Joan Llorach en El País el 20/1/2014)

El presidente de la Generalitat, Artur Mas, y Oriol Junqueras argumentan con frecuencia y rotundidad que si Cataluña fuera independiente, la Generalitat dispondría cada año de unos 16.000 millones de euros adicionales. Con ese dinero que “España nos roba” se podrían prestar nuevos servicios, evitar recortes y reducir deuda. Veamos algunos ejemplos. En junio de 2012, en una entrevista en el canal en español de la CNN, el señor Mas, decía que: “Si Cataluña no tuviese un déficit fiscal tan grande con España, de 20.000 millones de dólares anuales, en dos o tres años podríamos liquidar totalmente nuestra deuda”. En diciembre del mismo año, en un debate en la emisora RAC1, el señor Junqueras decía: “¡Hombre!, tendríamos 16.000 millones más de euros cada año; (...) son cuatro veces más que todos los recortes juntos que hace la Generalitat; (...) mira que es fácil ¡por el amor de Dios!”.
Esa cifra surge del informe de la Generalitat Resultats de la balança fiscal de Catalunya amb el sector públic central 2006-2009, de marzo de 2012, que hizo famosos los exactamente 16.409 millones de euros de déficit fiscal, que según la Generalitat, tuvo Cataluña con el Estado en 2009 (posteriormente ha dado a conocer una cifra parecida para 2010 y todavía no hay datos para 2011). Artur Mas escribe en el libro What’s up with Catalonia?, que se trata de un déficit anual “inmutable”.
Muchos catalanes están convencidos de que la Generalitat independiente dispondría cada año de esos 16.000 millones de euros adicionales. Y ese es un poderoso argumento en favor de la independencia. Pero realmente no es así. Y para explicarlo, imaginemos que al día siguiente de la independencia, los señores Mas y Junqueras se reúnen con el nuevo conseller de Hacienda, uno de los economistas que han puesto su prestigio como garantía de ese cálculo, para decidir en qué se van a gastar esos 16.409 millones.
El conseller carraspea y les dice que en realidad la Generalitat no dispone de esos 16.409 millones adicionales.
Leer artículo completo en http://elpais.com/elpais/2014/01/19/opinion/1390153695_441521.html

domingo, 14 de julio de 2013

Generalizaciones odiosas (Manuel Parra en diarioya.es)


(Manuel Parra)

Tengo para mí, y me imagino que para cualquier hijo de vecino, que uno de los placeres  de las vacaciones consiste, junto a la posibilidad de conocer lugares, en comunicarse con las personas. Dicho de otro modo: conocer, no solo el paisaje, sino el paisanaje. Antes de que el crítico lector me acuse de obviedad, me apresuro a aclarar que me refiero a establecer una verdadera comunicación humana –sin soporte tecnológico alguno- con el jubilado con quien hemos coincidido en el café semi desierto, con el excursionista con quien compartimos itinerario, con el compañero de asiento de un coche de línea, con el labriego a cuya cerca nos arrimamos en un breve descanso de la andadura… Es decir, con personas a quien nunca habíamos visto  y a quienes es difícil que volvamos a ver.
 La cruz de esta forma de sociabilidad veraniega estriba en que, una vez roto el hielo con los cuatro tópicos de costumbre, el desconocido contertulio de ocasión te pregunta por tu origen y procedencia, y, a renglón seguido, suele espetarte: “¿Qué está pasando en Cataluña?” o, de forma más bronca, “¿Qué quieren ustedes los catalanes?”. El diálogo toma entonces para mí un tono repetitivo: en primer lugar, distinguir Cataluña de sus políticos, propagandistas y vendedores de humo habituales, y, en segundo lugar, afirmar con rotundidad que hay catalanes y catalanes, es decir, que hay quienes compran humo y serían capaces de adquirir duros a cuatro pesetas y quienes no solo no tragamos, sino que nos situamos en abierta beligerancia con esa imagen que nos venden los medios de difusión de más allá y más acá del Ebro.


 Los catalanes normales –suelo decir- viven y sienten, más o menos, como los habitantes  de Almendralejo, Villanueva de Gállego o Jaén, por ejemplo: van a su trabajo (si lo tienen), se preocupan por su familia, ríen, se enfadan, aman o van al gimnasio, si tienen unos kilos de más; a veces, no puedo menos que repetir aquella admirable cita de José Antonio Primo de Rivera: “Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes…”; por otra parte, añado, en nuestras calles y plazas aún no nos damos de bofetadas, como si se tratara de un territorio comanche, y ello a pesar del interés que ponen los políticos separatistas en ello; para que quede todavía más claro, añado que hay que tener la precaución de distinguir entre la gente de la calle y sus supuestos representantes y mentores, más o menos como en el resto de España.
 Esta absurda y odiosa generalización es común a separatistas y separadores. Ocasiona un proceso de retroalimentación, de apoyo mutuo, diríamos, que contribuye al nefasto particularismo que se ha adueñado del pueblo español. Ya forma parte del imaginario de tópicos sobre todas y cada una de las tierras de España, es fermento de animadversiones y odios y convierte en tabula rasa los preceptos de unidad y solidaridad. Equivale a la estupidez de afirmar que los andaluces no dan ni golpe o que los vascos se pasan el día tomando chiquitos  y cantando a voz en cuello aquello de desde Santurce a Bilbao
 Por otra parte, estamos ante una de las estrategias más caras al señor Mas y compañía: primero, identificar Cataluña con ellos; segundo, impregnar de victimismo cualquier relación con el resto de los españoles. “¿Veis como no nos quieren?” es una de las frases que suman puntos a diario a las listas de quienes estarían dispuestos a celebrar referéndums sobre supuestos derechos a decidir y a iniciar aventuras secesionistas dignas de la imaginación del Huxley de “Un mundo feliz”.



 Por el contrario, yo me atrevería a pedir al resto de españoles, además de no caer en la trampa de las generalizaciones, que tomaran conciencia real del grave momento por el que está pasando la convivencia española, debido en gran parte a la derivación del sistema autonómico. Porque el problema de Cataluña es, en realidad, el problema de todos, el problema de Castilla, de Galicia, de Navarra, de Canarias, de Ceuta… Es el constante problema de España, que parece condenada por la historia a ser un “perpetuo borrador” de sí misma, sin encontrar el modo de vertebrar su convivencia histórica para poder hacer frente a las dificultades coyunturales con que se enfrentan otras naciones europeas quizás más serias que nosotros.
 Ya lo saben mis futuros contertulios de este verano: se encontrarán con un simpático catalán, que no se considera extraño en lugar alguno de España (y espero que de Europa) a donde le lleven sus correrías vacacionales; y, además, que no desaprovechará ocasión para acometer una pedagogía de lo español, más o menos la misma que practica el resto del año en su querida tierra natal de Cataluña.

martes, 16 de octubre de 2012

La tenora y la lira. Por Manuel Parra Celaya (diarioya.es)



A menudo, me preguntan amigos y familiares de otras regiones cuál es el «ambiente» que se vive en Cataluña; cuántos catalanes son en realidad separatistas y cuántos no; qué clima de presión o de opresión vivimos a diario dentro de las «fronteras» de nuestra Comunidad...

Me imagino que esperan respuestas exactas, casi de estadísticas de voto, y que imaginan que uno vive en una especie de «territorio comanche», con un policía lingüístico pegado a su sombra por si habla o no el catalán en privado (como José Mª Aznar).
Intento ser realista en mis respuestas, pero también ofrecer una imagen de cierta normalidad, toda la normalidad que puede darse, eso sí, en el seno de una sociedad minada por el particularismo, que decía Ortega, y en el que el Poder Central ha hecho tradicionalmente dejación de sus atribuciones por miras electorales.
Ese particularismo y no otro es el mal que aqueja a Cataluña, como igualmente aqueja, en mayor o menor medida, a otras regiones, grupos y sectores españoles, dentro de este invento o artefacto –«maquinaria» le llamaría Miguel de Cervantes– que se dio en denominar Estado de las Autonomías.
Empiezo afirmando que lo que existe es un problema español y, dentro de él, un «problema catalán», que puede adquirir tonos de más o menos virulencia. El problema español al que me refiero no es otro que aquel que fue definido por José Antonio Primo de Rivera con estas palabras:
Se dijera que pesa sobre nuestra Patria la maldición de no llegar a ser una realidad perfilada y establecida, sino un perpetuo proyecto de realidad, siempre en período de borrador inseguro. (FE. 26-4-34)